Ignorant pedía consejo a Erudite, diciéndole:
-Erudite, un conocido me pidió prestado, pues necesita provisión para su vida.
El hombre lucha por salir de sus opresiones pero no encuentra el medio oportuno.
Pero si presto, es lícito que cobre ganancia de lo prestado. Pues la abundancia obtenida por mis negocios no debo desperdiciarla en dudosos prestamos. Apelo a tu sabiduría, buen amigo, y te pido consejo.
-Ignorant -dijo Erudite-, medita en la historia del burro del leñador.
Ignorant asintió.
-Ignorant -dijo Erudite-, un leñador subía cada noche al monte a cortar leña. Cuando bajaba, por la mañana, vendía la leña en el pueblo y con lo obtenido adquiría comida para alimentar a su esposa e hijos.
Los grandes haces de leña cortada eran bajados a lomos de su viejo burro a través de un escarpado, tortuoso y angosto camino.
El burro cumplió fielmente su misión durante largos años, hasta que un día ya no pudo más. La escasísima alimentación, los muchos años de esfuerzo, las subidas y bajadas al monte por el maldito camino y las pesadas cargas hicieron lo suyo. Y después de protestar algún tiempo y ser desoído, estornudó y… pasó a un mundo mejor: el paraíso donde viven eternamente los burros; los que dieron un servicio abnegado a sus dueños por largo tiempo.
El pobre leñador quedó abatido por la terrible pérdida y más aun por la difícil situación a la que se enfrentaba. Ya no tenía porteador para bajar la leña del monte y si no la bajaba no podía venderla para llevar sustento a su familia.
Se dirigió, raudo, al pueblo a recorrer los tratantes de burros, pero las pretensiones de éstos excedían lo disponible de él.
Desesperado, mientras regresaba a su casa, sin alimento y sin dinero para adquirir el animal, se encontró con su amigo, el potentado de la víbora.
-¿Qué te ocurre, amigo leñador?- inquirió el potentado.
El leñador le relató que su burro después de servirle durante largos años, se había ido al paraíso de los suyos. Había sido un buen animal y de gran ayuda, pero sus muchos años y su delicada salud no aguantaron el frío invierno. Además, él era tan pobre que no tenía dinero para comprar otro burro, ni tampoco para llevar comida a su casa.
-No te preocupes, amigo, yo te prestaré las quinientas monedas que necesitas para comprar ese animal. Pero te impongo la condición que cada día, antes de comprar la comida de tu familia, me devuelvas una parte de lo prestado y la ganancia producida.
Ante el ofrecimiento del potentado, el leñador vio el cielo abierto y resuelto su problema. Pero faltaba aun una condición encubierta, la garantía.
El potentado sabía que no podía recibir ninguna garantía de parte del leñador, así que propuso como solventar dicho contratiempo.
-Leñador –dijo el potentado-, presumo que no puedes aportar ninguna garantía de cumplimiento, por tanto como prueba de buena voluntad por tu parte, dejarás que mi víbora muerda tu talón.
Si cumples puntualmente con las condiciones que impongo, el veneno no hará efecto a tu cuerpo; pero cada día que no devuelvas la parte de lo prestado y la ganancia producida, esa pequeña mordedura que no se siente, producirá hinchazón en tu pierna y, así hasta que la hinchazón llegue a tu cabeza, y mueras.
Asintió, el leñador, y dejo que la víbora mordiese su talón, una pequeña mordedura sin dolor que implantó el inerte veneno en espera del incumplimiento. Después el potentado dio las 500 monedas y así el leñador pudo adquirir el ansiado burro.
Desde aquel día, cada mañana el poptentado esperaba que el leñador vendiese la leña, y antes que pudiera comprar el sustento de su familia, le reclamaba la parte de lo prestado y la ganancia producida. El pobre hombre cumplía puntualmente con la erogación aunque algún día sus hijos no tuviesen nada que llevarse a la boca. Así el veneno permanecía inerte.
Pero las vicisitudes llegaron. Cada día que devolvía la parte de lo prestado y la ganancia producida para el prestamista, el leñador sentía enfermar.
La enfermedad se manifestaba como leve hinchazón, oprimía e inmovilizaba sus bajas extremidades hasta el punto de no poder subir por los escarpados senderos que conducían al monte donde cortaba la leña que sustentaba a los suyos. A la par, que sus hijos flaqueaban de inanición.
A pesar del mal sobrevenido, ningún día faltaba al cumplimiento adquirido por temor a que el veneno de la víbora despertara de su letargo.
Todo fue en vano, un día, súbitamente esa hinchazón ascendió hasta alcanzar, también, las extremidades superiores, y terminar en su cabeza. Al final, el veneno triunfó y la muerte sobrevino.
Un día antes de sobrevenir la amarga tragedia, el humilde leñador terminó de saldar su compromiso con el poentado, pero el veneno ya había consumido sus entrañas.
Ignorant, confuso y abatido, replico a Erudite- ¿por qué el veneno despertó de su inercia si el leñador cumplió con el pacto?
Erudite, sentenció la pregunta –el veneno entró en las entrañas del leñador antes que la víbora mordiera su talón, pues la ganancia es el interés que lo mató.
-Y tú, Ignorant, cuando alguno recurra a ti por necesidad, no lo humilles con caridad, presta lo que necesite y así evitarás que el beneficiario sienta vergüenza de pedir limosna.
Espera recuperar lo prestado, y si pasados cinco, seis o siete años no te devolvió la parte de lo prestado, exonéralo y alivia de esa carga a tu amigo, pues habrás destinado para buen fin el sobrante de tu abundancia.
No consideres obtener ganancias de lo prestado, pues ahogarás al prestatario como el veneno que fluye del bocado de la víbora que en principio no se aprecia pero acaba corroyendo hasta llegar a la cabeza.
Ayuda a otros en su iniciativa o en su necesidad
Es la rentabilidad del sobrante de la abundancia
(Relatos sobre Ignorant y Erudite)












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