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Un joven juez

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Ignorant mencionó a Erudite sobre lo que le ocurrio ante la necesidad de contratar un empleado en su hacienda.

-Al puesto se presentaron dos personas; uno de ellos, era amigo del capataz, inexperto y vago, aunque económicamente acomodado. El otro, era un jornalero experimentado y ágil, pero extremadamente pobre.

Mi capataz contrató a su amigo, acomodado pero inexperto, para cubrir ese puesto en mi hacienda. Al día siguiente, el jornalero, pobre pero experto, se presento ante mí, para clamar por la injusticia.

Erudite, sabio amigo ¿Qué debo hacer?

Y Erudite le narró una historia: -un joven juez fue contratado para ocupar el puesto vacante de primer magistrado de una ciudad.

La primera mañana se presentó ante él un pordiosero demandando justicia contra el hombre más rico e influyente de la ciudad y de toda la región.

Lo que el pobre hombre reclamaba parecía correcto, pero el joven juez debía hacer comparecer al rico potentado, pues para que el juicio fuera justo debiera celebrarse estando presente todas las partes implicadas.

Así pues, envió a un alguacil de la corte de justicia para que notificase  al rico potentado que de inmediato se personara en la audiencia.

El alguacil regresó muy pronto, exclamando que el potentado se negaba rotundamente a personarse ante la audiencia. Además, era portador de un contundente mensaje para el joven juez:

-¡Cómo se atreve este imberbe a molestarme a mí, el hombre más rico de la ciudad y de toda la región! Y dile que no vuelva a molestarme otra vez por tan trivial asunto…

El juez envió  otro alguacil a casa del rico potentado, esta vez con una orden perentoria  de personarse de inmediato ante la audiencia, y si persistía en su actitud, sería culpado de desacato al tribunal, cuya derivación es la pena de cárcel.

Regresó de nuevo el alguacil con una réplica similar de parte del rico potentado, agregando, además, que como era el más rico de la ciudad y de toda la región y sostenedor de esa corte y sus funcionarios, ejercería su inmenso poder para expulsar al juez de la corte de justicia, si lo seguía molestando con asuntos tan burlescos.

Recibida la réplica, el joven juez estimó hacer un receso en el juicio, emplazando al pobre pordiosero para la tarde de ese mismo día.

El pobre manifestó ante el juez su abatimiento por ser un pordiosero que jamás llegaría a ganar el pleito contra el rico potentado.

Pero el juez consideró las circunstancias, pensando:

-Este pobre pordiosero viene al tribunal con una demanda que parece justa, y el juicio debe celebrarse.

O por el contrario

-Tomaré en cuenta las amenazas del potentado y me olvidaré de lo demandado. Al fin, este rico es el que sostiene la corte de justicia y podría perder mi empleo.

Pero antes de llegar la tarde, se dirigió en persona a casa del rico potentado.

Al llegar, llamó al gran portón de entrada y para su sorpresa, fue recibido por el pobre pordiosero pero vestido con ropas de rico potentado. El joven juez se turbó hasta tal punto que de su boca no salía ni una sola palabra.

Entonces, el rico pordiosero le aclaró:

-Joven juez –dijo el rico- el caso de la demanda del pobre pordiosero contra el rico potentado, nunca ha sido real, sino en su imaginación.

Los alguaciles, interpretaron con todo lujo de detalles su papel, los componentes de la corte de justicia siguieron la escena  y por último, el pobre pordiosero soy yo, el que ahora está delante de usted.

Continuó el rico con la aclaración:

-Como sostenedor de la corte de justicia, yo quería comprobar que el joven juez que contratábamos fuera lo suficientemente justo y digno del importante cargo que iba a ocupar.

Usted, sabio juez me ha demostrado que no se turba por tener que citar a declarar al más rico potentado de la ciudad, ni se deja sobornar por imposiciones, ni se deja comprar por riquezas ni con presiones.

Joven juez, usted es la persona adecuada para ser nuestro primer magistrado.

Ignorant, -prosiguió Erudite- en la antigüedad, cuando se decretó la primera constitución de un pequeño país, entre sus preceptos estaba éste:

«…no tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos.»

Y tú, juzga por justicia, sin tentadoras influencias, sin favorecer a ninguna de las partes, sin torcer el derecho natural que le corresponde.

No te inclines o favorezcas a unas personas más que a otras por motivo o afecto particular, sin tener en cuenta el mérito o la razón.

La justicia es la constante perpetua voluntad

de dar a cada uno su derecho

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