El suceso del corregidor de Soditrap con Quiet, el eremita de Fjansuit

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Ignorant pedía consejo a Erudite, diciéndole:

-Erudite, un hombre vino a pedirme que le ayudara en un asunto, prometiéndome que él haría por mí lo que le pidiera y más aún. Yo le empecé a ayudar en todo lo que pude. Sin conseguir su objetivo, pero pensando él que su asunto estaba ya solucionado, le pedí que me ayudara en una cosa que me convenía, pero se excusó. Luego volví a pedirle ayuda, y nuevamente se negó, con un pretexto; y así hizo en todo lo que le pedí. Pero no ha logrado lo que pretendía, ni lo podrá conseguir si yo no le ayudo. Por la confianza que tengo en ti y en tu sabiduría, te pido que me aconsejes lo que debo hacer.

-Ignorant -dijo Erudite-, para que en este asunto hagas lo correcto, me gustaría que escucharas lo que ocurrió al corregidor de Soditrap con Quiet, el eremita que vivía en Fjansuit.

Ignorant asintió.

-Ignorant -dijo Erudite-, en Soditrap había un corregidor que deseaba aprender el arte de la sabiduría y, como oyó decir que Quiet de Fjansuit era el más sabio de aquella nación, se marchó a Fjansuit para aprender con él aquella ciencia. Cuando llegó a Fjansuit, se dirigió a casa de Quiet, a quien encontró leyendo en una habitación muy apartada. Cuando lo vio entrar en su casa, Quiet lo recibió con cortesía y le dijo que no quería que le contase los motivos de su visita hasta que hubiese comido y, lo acomodó muy bien, le dio todo lo necesario y le hizo partícipe de su alegría por su presencia.

Después de comer, quedaron solos y el corregidor le explicó la razón de su visita, pidiéndole encarecidamente a Quiet que le enseñara aquella ciencia, que deseaba conocer a fondo, a cambio le daría cuanto le pidiera. Quiet le dijo que si ya era corregidor y persona muy respetada, podría alcanzar cargos más altos,   pero también que quienes han prosperado mucho, cuando consiguen lo que desean, olvidan rápidamente los favores que han recibido, por lo que sospechaba que, cuando hubiese aprendido con él aquella ciencia, no querría hacer lo que ahora le prometía. Entonces el corregidor le aseguró que, por muchos cargos que alcanzara, no haría sino lo que él le pidiese.

Hablando de este y otros temas estuvieron desde que acabaron de comer hasta la hora de la cena. Cuando ya se pusieron de acuerdo, dijo el eremita al corregidor que aquella ciencia sólo se podía enseñar en un lugar muy apartado y que por la noche le mostraría dónde había de retirarse hasta que la aprendiera. Luego, cogiéndolo de la mano, lo llevó a una sala y, cuando se quedaron solos, llamó a un criado, al que pidió que les preparase una gran cena, pero que no empezara a cocinar hasta que él se lo ordenase.

Después llamó al corregidor y subieron los dos por la escalera de mil peldaños. Al final de la escalera encontraron una sala inmensa donde estaban los libros de estudio. Una vez sentados, y mientras ellos pensaban con qué libros habrían de comenzar, recibió el corregidor una carta de su amigo el comisionado en la que le comunicaba que estaba enfermo y que rápidamente fuese a verlo si deseaba llegar antes de su muerte. Al corregidor la noticia le causó pesadumbre, no sólo por la grave situación de su amigo sino también porque pensó que habría de abandonar aquellos estudios apenas iniciados. Pero decidió no dejarlos tan pronto y envió una carta a su amigo, como respuesta a la que había recibido.

Al cabo de tres o cuatro días, otra carta el corregidor en la que se le comunicaba la muerte de su amigo el comisionado y la reunión que estaban celebrando en la Comisión para buscarle un sucesor, que todos creían que sería él; y por esta razón no debía ir a la reunión, pues sería mejor que lo eligieran comisionado mientras estaba fuera. Cosas de la imagen.

Y después de siete u ocho días, recibió otra carta que le decía que había sido elegido comisionado. Al enterarse, Quiet se dirigió al nuevo comisionado y le dijo que se alegraba mucho que le hubieran llegado estas noticias estando en su casa y que, puesto le había otorgado tan alto cargo, le solicitó que concediese su vacante como corregidor a un amigo  suyo. El nuevo comisionado le pidió a Quiet que le permitiera otorgar el puesto de corregidor a un hermano suyo prometiéndole que daría otro cargo a su amigo. Por eso invitó a Quiet que se fuese con su amigo a Soditrap.

Salieron para Soditrap, donde los recibieron con mucha pompa y solemnidad. Al cabo de cierto tiempo, llegaron un día enviados del presidente con una carta para el comisionado en la que le concedía la  embajada de Yardom y le autorizaba, además, a dejar su puesto de comisionado a quien quisiera. Cuando se enteró Quiet, echándole en cara sus promesas, le pidió  encarecidamente que se lo diese a su amigo, pero el comisionado le rogó que consintiera en otorgárselo a un familiar suyo, primo de su madre. Quiet contestó que, aunque era injusto, accedía con tal de que le prometiera otro cargo. El comisionado volvió a prometerle que así sería y le pidió que él y su amigo lo acompañasen a Yardom.

Cuando llegaron a Yardom fueron muy bien recibidos por los nobles y por la aristocracia de aquella tierra.

Pasados dos años llegaron mensajeros del Presidente con cartas en las que le nombraba ministro y le decía que podía dejar la embajada de Yardom a quien quisiera. Entonces Quiet se dirigió a él y le dijo que, como tantas veces había faltado a sus promesas, ya no debía poner más excusas para dar aquella sede vacante a su amigo. Pero el ministro le rogó que consintiera en que otro familiar suyo, anciano muy honrado y primo de su padre, fuese el nuevo embajador; y, como él ya era ministro, le pedía que lo acompañara a la capital, donde le  favorecería. Quiet se quejó, pero accedió al ruego del nuevo ministro y partieron.

Cuando llegaron, fueron muy bien recibidos por los ministros y por la capital entera, donde vivieron mucho tiempo. Pero Quiet seguía rogando casi a diario al ministro que diese algún beneficio administrativo a su amigo, cosa que el ministro excusaba.

Murió el presidente y todos los ministros eligieron como nuevo presidente a este ministro del que te hablo.

Entonces, Quiet se dirigió al presidente y le dijo que ya no podía poner más excusas para cumplir lo que le había prometido tanto tiempo atrás, contestándole el presidente que no le presionara tanto pues habría tiempo y forma de favorecerle. Quiet empezó a quejarse con amargura, recordándole también las promesas que le había hecho y que nunca había cumplido, y también le dijo que ya se lo esperaba desde la primera vez que hablaron; y que, había alcanzado tan alto cargo y seguía sin otorgar ningún privilegio, ya no podía esperar de él nada. El presidente, cuando oyó hablar así a Quiet, se enfadó mucho y le contestó que, si seguía insistiendo, le haría encarcelar por desacato y rebelión.

Al ver Quiet la recompensa recibida del presidente, a pesar de cuanto había hecho, se despidió de él.

El presidente ordenó que no le dieran comida para el camino. Quiet, le dijo al presidente que, aunque no tenía comida, recurriría a la cena que había mandado preparar la noche que él llegó y llamó a su criado.

Al oír el presidente la fuerte voz con la que Quiet dio la orden de preparación de la cena, despertó de su sugestión. Dándose cuenta que jamás había sido presidente. Seguía siendo el corregidor de Soditrap.

Se avergonzó tanto, que no supo qué decir para disculparse y, partió inmediatamente.

Quiet, el sabio, guardó silencio mientras se alejaba de su casa.

-Y tu, Ignorant, si ves que la persona a quien has  ayudado no te lo agradece, no te entristezcas, simplemente guarda silencio.

Primero, AYUDA SIN ESPERAR NADA

después,  GUARDA SILENCIO

(Relatos sobre Ignorant y Erudite)