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Nacimiento y muerte de la fe pública

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En Exodo 18, encontramos un relato de gran valor histórico para todos los que creemos en la Administración como Ciencia.

Dice así:

«Y fue Jetro el suegro de Moisés a visitarlo y vio que pasaba todo el día atendiendo directamente a todos los integrantes del pueblo, y le dijo: «No está bien lo que haces.

Desfallecerás del todo tú y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo». Y continuó dándole consejo:»Escoge de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes.

Y enseña a ellos las ordenanzas y las leyes; y muéstrales el camino por donde deben andar y lo que deben hacer».

Esta es la historia de la Administración como arte y ciencia, también de la creación de los Depositarios de Fe Pública, que le aconseja JETRO a su yerno Moisés, personajes que serían seleccionados por su virtud y por su comprobado aborrecimiento o rechazo de la avaricia, o sea llenos de ética.

Así nació la fe pública

La Humanidad encontró siempre en los depositarios de fe pública la solución de sus problemas.

La Historia nos dice que los nombres fueron cambiando con el paso de los siglos; pero la función se mantuvo hasta la aparición de los profesionales con fe publica ligada al ejercicio de sus labores.

El modelo de Administración de los años 40 centró la acción en el AUDITOR y este énfasis le dio ciertos ribetes de autoridad secreta a la figura del funcionario contralor y fiscalizador especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, perfil que no cambió en los años de la postguerra hasta nuestros días.

En los años subsiguientes creció el poder de los Auditores y finalmente las comunidades en todo el mundo depositaron en los Contadores Públicos Autorizados toda su fe individual y colectiva para aceptar como absolutamente ciertos los dictámenes redactados y firmados por estos «Varones Virtuosos y de comprobado rechazo por la avaricia», para confiar sus ahorros con fe ciega.

Hoy estamos ya, viviendo la agonía de esa misma fe pública

El primer acto de este drama es la caída del paradigma de la confianza en el sistema de control y certificación de autenticidad de las firmas de Contadores Públicos Autorizados en los Estados Unidos de Norteamérica.

Y sabemos todos, que el problema es más grave de lo que se publica.

El número de empresas sobrepasa ya los 50 según los medios noticiosos; pero ¿están todos los que son y son todos los que están?

El Gobierno de los Estados Unidos está haciendo un esfuerzo único en su historia, para rescatar la confianza de sus ciudadanos en el sistema financiero, por ello se dictan nuevas leyes, se establecen prohibiciones expresas para las firmas de CPA en las labores profesionales de muchos campos de la administración y que habían invadido en los últimos años; pero el desenmascaramiento de los «maquilladores de estados financieros» no parece producir todavía el efecto tranquilizador en el mundo de los negocios y en el mercado de valores.

La razón es simple, si estas firmas han delinquido en ese país hasta convertir su Bolsa de Valores en una gran sala de juegos de azar y sembrar la duda y el temor entre los inversionistas y ahorrantes de Estados Unidos, debemos preguntarnos:

¿Qué no habrán hecho en toda Latinoamérica y resto del mundo estas mismas firmas hoy investigadas por sus delitos contra la sociedad norteamericana?

¿Será el colchón del abuelo el nuevo destino de los ahorros ciudadanos?

¿Cómo vamos a rescatar la fe pública, para que el ciudadano pueda confiar sus ahorros a esa gran casa llamada BANCO? En donde según algunos pensadores desconfiados «llevan su dinero los que lo necesitan, para que sea prestado a otros que no lo necesitan»

¿Será que no tenemos ya más ciudadanos mujeres y hombres, virtuosos y que aborrecen la avaricia para investirlos con un Grado Profesional y nombrarlos como Depositarios de Fe Pública?

¿Debemos permitir que muera la FE PUBLICA?

La respuesta es y debe ser negativa. A pesar de contar hoy con medios de comunicación instantáneos que nos permitirían conocer detalles sobre la seguridad de nuestras inversiones, no es suficiente para la confianza necesitamos del trabajo ético de ciudadanos virtuosos, mujeres y hombres con capacidad para rechazar una propuesta fuera del marco de la ética.

Sólo así se puede recuperar la confianza, fundamento de cualquier negociación.

Naturalmente que ante los hechos que se comienzan a conocer, debemos tomar acciones concretas especialmente en nuestros países de América Latina, en donde el prestigio de las grandes firmas internacionales de Auditores y Contadores Públicos Autorizados, se constituyeron en sinónimo de Garantía Total para los Gobiernos, sus dependencias, instituciones y por supuesto los gobernados.

Los profesionales en Ciencias Económicas en todas sus ramas debemos proceder a estudiar en cada uno de nuestros países los grandes descalabros financieros cuyo costo ha sido siempre pagado por los contribuyentes, para identificar a la o las firmas de Contadores Públicos que Certificaron los Estados Financieros de los responsables de estas quiebras fraudulentas, y que prepararon estos maquillajes financieros que han servido para engañar a las mismas sociedades que les otorgaron su FE PUBLICA.

Creo no debemos preocuparnos por el problema de falta de ética, esto sería una inversión cuyo resultado final sería más angustia y más temor.

Debemos ocuparnos por conocer todos los casos que han sacudido nuestros propios sistemas financieros nacionales e identificar a los responsables de haber elaborado certificaciones falsas y de haber maquillado estados financieros.

Deben ser castigados, talvez no en nuestros tribunales de justicia por probables prescripciones legales; pero si debemos informar sobre sus identidades y revisar la o las legislaciones que les permiten tener fe publica en cada uno de nuestros países, para clausurar sus actividades y proteger a nuestras sociedades.

Tomemos el consejo de JETRO y retomemos las ordenanzas y las leyes para proteger a nuestras comunidades, ante los hechos iniciales de esta hoy ya declarada muerte de la FE PUBLICA.

editorial

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